El shock energético que aún no vemos

      El shock energético que aún no vemos (y cómo puede afectar el precio de la vivienda)

      Las grandes crisis económicas rara vez se sienten como crisis en el momento en que comienzan.

      Muchas veces se sienten… normales.

      Eso es precisamente lo inquietante del actual shock energético global. A pesar de que el conflicto en Medio Oriente ha interrumpido una parte relevante del suministro mundial de petróleo y gas, el mundo no parece estar en pánico. No hay apagones masivos, no hay colas interminables en las bencineras, no hay sensación de colapso inminente.

      Pero esa aparente calma puede ser engañosa.

      El sistema energético global es lento. Muy lento. El petróleo no viaja instantáneamente desde los pozos hasta los países que lo consumen: se mueve en barcos gigantes que avanzan a la velocidad de una bicicleta. Muchos de los cargamentos que hoy siguen abasteciendo a Europa, Asia o América fueron enviados antes de que comenzara el conflicto.

      Eso significa que la economía todavía está consumiendo energía que ya estaba en tránsito cuando la llave comenzó a cerrarse.

      La onda expansiva aún no llega completamente.

      Hoy estamos en una especie de pausa artificial: los países están liberando reservas estratégicas de petróleo, los mercados financieros están apostando a una eventual desescalada del conflicto y muchos actores económicos siguen operando como si el costo de la energía fuera temporalmente alto, pero no estructuralmente distinto.

      El problema es que, si la interrupción del suministro se prolonga, la economía global no se ajusta sólo mediante precios más altos. También se ajusta mediante menor actividad.

      En economía existe un concepto poco intuitivo llamado destrucción de demanda. Ocurre cuando un insumo clave se vuelve tan escaso o caro que ciertas actividades simplemente dejan de realizarse.

      No porque desaparezca la necesidad de esas actividades, sino porque dejan de ser económicamente viables.

      Menos vuelos. Menos transporte de mercancías. Menos producción industrial. Menos construcción.

      La energía no es sólo el combustible de los autos; es el insumo invisible detrás de casi todo lo que produce la economía moderna. El acero requiere energía. El cemento requiere energía. El transporte marítimo requiere energía. Los fertilizantes que permiten producir alimentos requieren energía. Incluso la producción de semiconductores —clave para casi toda la tecnología moderna— depende de subproductos del gas natural.

      Cuando el costo de la energía sube de manera persistente, el efecto no es sólo inflación. Es también menor producción.

      Y eso nos lleva a un punto que muchas veces pasa desapercibido: el mercado inmobiliario es especialmente sensible a este tipo de shocks.

      Construir viviendas es un proceso intensivo en energía en prácticamente todas sus etapas. Extraer materias primas, procesarlas, transportarlas, ensamblarlas en obra, financiar proyectos de largo plazo en un entorno incierto: todo ello depende de costos energéticos relativamente estables.

      Cuando esos costos aumentan de manera significativa, algunos proyectos dejan de ser viables. Otros se postergan. Otros se construyen en menor escala.

      El resultado no siempre se percibe de inmediato, porque los proyectos inmobiliarios tienen tiempos largos de desarrollo. Pero el efecto acumulativo puede ser importante: si durante uno o dos años se inicia menos construcción, la oferta futura de viviendas se reduce.

      Y cuando la oferta crece más lento que la demanda, la escasez tiende a presionar los precios al alza.

      Este fenómeno no es nuevo. A lo largo de distintos ciclos económicos, el costo de reposición de los activos inmobiliarios —es decir, el costo de construir algo equivalente desde cero— ha sido una de las variables más relevantes para entender la evolución de los precios de largo plazo.

      Cuando construir se vuelve más difícil, los activos existentes adquieren mayor valor relativo.

      Esto no significa que el precio de las propiedades suba automáticamente ni de manera uniforme. El mercado inmobiliario también depende de tasas de interés, ingresos de los hogares, acceso a financiamiento y expectativas económicas generales.

      Pero sí significa que los shocks energéticos globales pueden tener efectos indirectos importantes sobre la disponibilidad futura de vivienda.

      Lo interesante de este tipo de procesos es que suelen ser silenciosos. No aparecen como titulares dramáticos en los medios ni como eventos puntuales que marcan un antes y un después.

      Se manifiestan gradualmente, a través de decisiones de inversión que no se toman, proyectos que no se desarrollan y costos que cambian lentamente la estructura del mercado.

      Desde la perspectiva del inversionista inmobiliario, entender estos procesos puede ayudar a contextualizar ciertos movimientos que a primera vista parecen desconectados de la realidad local.

      El mercado inmobiliario no existe en aislamiento. Está conectado a cadenas de suministro globales, a costos de financiamiento internacionales y a variables estructurales como el precio de la energía.

      Por eso, eventos geopolíticos que ocurren a miles de kilómetros de distancia pueden terminar influyendo, con el tiempo, en variables tan concretas como el precio de una vivienda o la rentabilidad esperada de un proyecto inmobiliario.

      La economía global funciona como un sistema interconectado. A veces los efectos tardan en llegar, pero rara vez se detienen en la frontera.

      Y cuando el costo de producir nuevos activos aumenta, los activos existentes tienden a volverse más escasos.

      En el largo plazo, la escasez suele ser uno de los factores más persistentes detrás del valor.

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